Cerro de Pasco,entre el polvo y el mineral

CCC

La ciudad de la sierra central languidece, está secuestrada por toneladas de desmonte y relave minero. Un estudio detectó la presencia de arsénico, plomo y otros metales pesados en el agua y los suelos. Los niños son los más vulnerables. La reubicación es la única salida.

Humberto Grijalba (70) hace el recuento de los daños. A sus espaldas se abre una explanada inmensa de tierra muerta. Una gran costra de color naranja cubre parte de la laguna Quiulacocha, ubicada al suroeste de la provincia de Cerro de Pasco. Hoy, en pleno estiaje, la laguna está descargada y deja a la vista una masa fangosa y tóxica.

Durante el siglo pasado, cumplió la función de botadero de relaves mineros. Fue contaminada por décadas por la Cerro de Pasco Cooper Co. primero, y por Centromín Perú, después.

Como un caño abierto, las mineras la llenaron de desperdicio y actualmente se calcula que hay 78 millones de toneladas de relave disperso en 115 hectáreas.

Hoy, siglo XXI, Activos Mineros, un organismo estatal encargado de remediar los pasivos ambientales de la minería, mitiga los daños tratando las aguas ácidas de la tímida lagunilla que brilla en medio de este paisaje marciano.

“Cuando era niño, jugaba en esta laguna. Era limpia, cazábamos chalhuas, pescaditos pequeñitos como las sardinas, habían patos silvestres, ranas […] ya no hay vida”, dice Grijalba, vecino de la comunidad campesina de Quiulacocha – asentada a cinco metros de la laguna contaminada–, y cuyos habitantes tienen que soportar la polvareda que viene de la relavera y que lo entierra todo bajo un sospechoso color negruzco.

Lo sucedido con esta laguna es sólo una muestra del feroz paso de la minería en Cerro de Pasco, ubicada en la sierra central, a 4,380 metros de altitud, y que tiene consesionado el 74% de su territorio a esta actividad extractiva.

Si observamos desde el mirador más alto de la ciudad, veremos cómo los cerros naturales compiten en presencia con los desmontes mineros; si caminamos por las calles nos cruzaremos con los montones de piedra y mineral pulverizado, altamente tóxicos, depositados muy cerca de hospitales y colegios; si nos quedamos por un tiempo prolongado, posiblemente, padezcamos los embates de la intoxicación con metales pesados.

“Esta ciudad es un gran laboratorio –dice Wilmar Cosme del Centro Labor– aquí se pueden hacer investigaciones de lo que no debe hacer una minera”.

 

El cerro sitiado

 

Cerro de Pasco es una ciudad asfixiada por la mina. Ver cómo las casas parecen a punto de ser tragadas por el gigantesco tajo abierto que se despliega en medio de todo es una metáfora de lo que está haciendo la actividad minera con la gente, la contaminación los está devorando.

Dos distritos de Cerro de Pasco, Simón Bolívar y Chaupimarca, fueron declarados en emergencia sanitaria por el Ministerio de Salud en junio pasado. El agua que toma la población es imbebible, está contaminada con metales pesados altamente cancerígenos como el arsénico, así como los suelos de las escuelas y los parques presentan plomo, cadmio y mercurio. La gente se está intoxicando.

Esta realidad se conoce desde 1999, cuando la Dirección General de Salud Ambiental (Digesa) detectó en un primer estudio que los niños de entre 6 a 8 años vivían con un nivel alto de plomo en la sangre, un promedio de 15.5 microgramos por decilitro, cuando lo permitido por la OMS es de 10 μg/dl.

Y se ha constatado en un último estudio realizado en setiembre de 2016 por Source International y Centro Labor, en el que se reveló la presencia de entre 4 a 10 metales pesados en el cabello de los niños.

Como una trampa mortal, los desperdicios tóxicos de la mina están al alcance de los niños. En el barrio de Paragsha, por ejemplo, un grupo de ellos juega en los columpios de un parque infantil llamado “ecológico”, lo cual resulta irónico porque a pocos metros de distancia, se levanta el botadero de Volcan, la principal empresa minera en Cerro de Pasco.

La pequeña Harumi (7) y su hermano Leonel (3) ríen y corren y como telón de fondo tienen a esos cerros estériles cargados de metales pesados como arsénico y plomo, posibles culpables de que cada cierto tiempo les sangre la nariz.

“Este efecto es una característica de la intoxicación crónica con plomo que se presenta mayormente en niños con anemia -señala el doctor Fernando Osores, experto en toxicología clínica ambiental-, el plomo es altamente tóxico para los seres humanos en especial para los niños de entre 0 a 5 años, y las madres gestantes, daña el sistema nervioso central y el sistema productor de hemoglobina. Los niños intoxicados presentan un pobre desarrollo psicomotor y neurocognitivo”.

La constante exposición a este y otros metales pesados los están condenando a una incapacidad irreversible, y hasta a enfermedades incurables.

En otro punto de la ciudad, en el barrio de Chaupimarca, los hermanos José Luis (3) y César (9) intentan que su cometa vuele en el patio trasero de su casa. Los niños corren sobre escrombros de roca y mineral pulverizado. Es el “cerro de plomo”, dicen con inconsciencia, es el botadero Excelsior, el pasivo ambiental más grande de Cerro de Pasco. 50 toneladas de desmonte que el Estado quiere contener con unas débiles mallas que se deshacen en hilachas. La protección es irrisoria, una gracia, el peligro para los niños es inminente.

 

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